En mi primera Madrugá en la Campana reparé en un fenómeno que venía rufando en la banda de la Centuria Macarena. Alguna vez ya he dicho lo que entonces pensé. Ese tío toca como Charlie Watts, el batería de los Rolling Stones. Aquel tío era Pepe Hidalgo, un hombre sencillo, del pueblo, que tenía oro en sus baquetas y diamantes en su corazón. Si era bueno tocando, mejor era como persona. Nadie le rezó al Señor como lo hizo el gran Pepe Hidalgo con su tambor. Ese Señor de la Sentencia que lo llevó de la mano en la vida para que fuera haciendo el bien con tantos chavales a quienes enseñó a tocar el tambor y la corneta, pero, sobre todo, a ser buenas personas; Pepe cumplió así el supremo mandato de amarnos los unos a los otros que nos dio un hombre injustamente condenado a la muerte más horrible, pero que a pesar de todo siguió amando y perdonando incluso a quienes lo mataron.
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